Blog

  • Feliz cumpleaños a mi!

    Y el tiempo sigue su marcha… implacable como todo en la naturaleza y… de pronto cumplo un año más.

    Cada año suelo escribir en mi cumpleaños, al principio en mi diario privado y últimamente en este blog. Y he leído los años pasados como un reconocimiento a haber pasado por momentos complicados, lágrimas y frustraciones, y cómo todas esas cosas me ayudaron a crecer y a ser mejor persona. Este año tengo que reconocer que ha sido muy diferente. Reflexioné mucho, tal vez acostumbrada a un patrón que se había vuelto un poco repetitivo, pero… no encontré lo mismo que otros años. Más bien ha sido un año de crecer bonito, de sonreír, de ver suceder lo que creía imposible, de enorgullecerme de mí y de mi trabajo, de lograr sueños que no había podido lograr…

    La verdad, me siento como si fuera una planta que ponen al sol, la riegan todos los días y florece increíble porque la pusieron al cuidado de alguien que poda sus hojitas malas y le pone música clásica en las mañanas. He pasado un año en el que todas las mañanas he dado gracias a Dios por mi vida, por los sueños que he ido logrando, por la vida de mi hija (a la que veo cada vez más grande y hermosa) y por los bonitos momentos que viví.

    Este año no vengo a felicitarme por mis logros a pesar de la adversidad, ni por mi resiliencia ante los momentos difíciles. Este año no vengo a reflexionar sobre las lágrimas ni sobre el dolor. Este año solo quiero dar gracias por uno de los mejores años de mi vida, por uno que hizo que muchas noches me fuera a la cama con una sonrisa, y por uno que me enseñó que el crecimiento no se da necesariamente con sufrimiento. Uno donde aprendí que también hay momentos en los que uno crece solo porque le dan el espacio para estirarse, porque una vida llena de amor solo puede atraer más amor y más belleza. Y que eso también está bien.

    Estoy consciente de que la vida es una rueda de la fortuna. Que nada dura para siempre, y que esa es un poco la magia de vivir. Supongo que sin la oscuridad nunca valoraríamos la luz pero… ojalá la vida me mantenga en paz muchos años más, jajaja. De algún modo siento que no ha sido totalmente gratis, que he trabajado por ello, y me encantaría seguirlo disfrutando un rato más. 

    Rocío de 38: te abrazo. ¡Me da gusto que pudiste vivir este año! De verdad celebro el descanso de tu cerebro y la paz que por fin llegó a tu corazón. También reconozco que aunque ha has tenido suerte para colocarte en lugares bonitos, con personas que te han cobijado y querido, también es resultado de lo que sembraste. De que mantuviste la fe incluso cuando parecía que nada florecía. Reconozco tu trabajo interior, tu constancia, tus ganas de incomodarte para avanzar, tu pasión por aprender, y sé que eso fue parte de lo que hizo posible este año lleno de luz.  

    Rocío de 39: solo pido que sigas rodeada de amor, que sigas hablándote bonito en el espejo, que continúes agradeciendo tu vida y compartiendo esa paz que tuviste este año.

    Deseo que aprendas desde la humildad y desde el amor, y sigas evolucionando.

    Deseo que la vida te sonría.

    Deseo que vivas feliz y sigas cumpliendo tus sueños.

    ¡Feliz cumpleaños, guapa!

  • De cumpleaños y confesiones…

    Hoy releí lo que escribí mi cumpleaños anterior. Y recordé el año pasado y lo que sucedió después. Es gracioso porque escribí que mi vida iba mejor de a poco y a los 5 días de haber escrito eso… mucho en mi se derrumbó. Una parte importante de mi salió de mi vida al tiempo que mi salud se deterioró sorpresivamente y mi vida profesional se desgastó a un punto insostenible. Tantas cosas pasando al mismo tiempo terminaron de quebrarme. Tuve que aceptar que no podía sola y terminé en el psiquiatra, que me dió pastillas contra la ansiedad y la depresión que ya no me estaban dejando funcionar normalmente.

    Si alguien que me conoce lee esto ahora tratará de recordar en qué momento me puse tan mal porque todos los días yo llegaba a trabajar y salvo ciertos días complicados, parecía muy normal. La verdad es que me daba mucha vergüenza sentirme así y no quería enfrentar a la gente a mi alrededor. No quería aceptar cómo me sentía… débil, derrotada, demasiado triste, enferma. No quería escuchar un “tú puedes, échale ganas, valora lo que tienes, no vale la pena” y esas palabras que solemos decir mecánicamente a quien vemos triste porque lo único que lograban era hacer que además de todo, me sintiera culpable.

    Después de aceptar la ayuda y de la mano de una gran psicóloga, un gran psiquiatra y mucha disciplina fui saliendo y redescubriendo quien era yo. Redescubrí un amor que me provee energía y hace mucho no experimentaba. El amor por aprender, la curiosidad que comenzó a motivar mi día a día. Comencé a deborar información y a extender mis horizontes. Busqué un empleo acorde a la nueva Rocio, una que se sentía animada de aplicar mucho de lo aprendido en un ambiente nuevo y retador. Haciendo a un lado las telarañas de tristeza que nublaban mis ojos volví a ver a mi hija y la redescubrí más grande, más hermosa y mas ocurrente. Y al mirarla a los ojos vi tanto de mi en ella que me sorprendió. Ahora la cuido mucho más y aprendo de su alegría y su entusiasmo por la vida. Confieso que muchas veces cuando le hablo me hablo a mí, y cuando la cuido y valido sus sentimientos, cuando la hago sentir segura de expresarse, la pequeña Rocio de mi interior también sana un poquito.

    Ha sido un año de mucha soledad, algo que a lo largo de mi vida me ha asustado mucho. Pero esta vez, en soledad, pude enfrentar esos miedos. Aprendí a meditar, a callar la voz que solo habla de los pendientes de la oficina, de las tareas de mi hija y de las cosas de la casa y a escuchar eso que me había negado a aceptar en mi. Aprendí a responsabilizarme de mi pasado y a dejar de quejarme de todo. Aprendi que es lo que realmente me gusta y cuáles son mis límites en mi interacción con otros. Aprendí a ser agradecida y, en mi peor momento, descubrí la calma y el amor de acercarme a Dios.

    Hoy me siento otra mujer. Estos últimos meses he sentido que paso por un proceso de transformación. Más que esperanzada, más que orgullosa, creo que me siento agradecida y… en paz. A veces tengo días tan bonitos que se me salen las lagrimitas (ya se, de todo lloro jajajaja), pero esta vez sí son de felicidad.

    Aún hay mucho que me falta por lograr y aún sigue incompleta esa pieza en mi rompecabezas que no he podido encontrar. Pero creo que los sueños por cumplir hacen de la vida algo más emocionante. Eso sí, me siento diferente. Un poco más tranquila y mucho más en paz. Mucho más segura de mi misma, mucho más alegre, con más conciencia y con mucho más equilibrio.

    Hoy empieza otro año en mi vida. Me queda claro que lo que pase fuera de mi no está en mi control pero lo que sí está en mi control es lo que hago con lo que me pasa, y lo que pienso y siento de lo que me pasa. Y por sobre todo, elijo mi paz.

    Rocio de 37, gracias por tu resiliencia, gracias por abrirte a la ayuda, gracias por aprender, por flexibilizarte, por entender que no estás sola y comenzar a interactuar con otros, gracias por arriesgarte y por trabajar en ti. Rocio de 38, tienes más herramientas, se buena contigo y no dejes de aprender. Recuerda que eres responsable de lo que pase en tu vida. La vida es una elección así que… elige sabiamente.

    Te quiero Rocio, keep walking! (Ay! Ya se me antojó un whisky jajajaja)

  • Confesiones de una mamá

    Son las 6 a.m.

    Mi hija de 10 años duerme plácidamente a mi lado. La observo.

    Ya es más una adolescente que una niña.

    Ya no huele a bebé. Aún quedan rastros del perfume que es mío y que insiste en ponerse cada día. Me recuerda que está creciendo, que empiezan a interesarle otras cosas, que poco a poco deja de ser mi bebé.

    Pero he disfrutado cada etapa de su vida, así que verla crecer también es lindo para mí.

    Les confieso algo: nunca estuvo en mis planes tener hijos. Era algo de lo que huía. No entendía por qué alguien querría dedicar su vida al cuidado de otro ser humano.

    La noticia, inesperada, me sacudió. Tenía 29 años y aun así ser mamá me parecía demasiado abrumador. Fue una sensación confusa. Pero poco a poco esa confusión fue reemplazada por la paz que da un embarazo rodeado de amor.

    Fui la consentida de mis compañeras de trabajo, de mi ex, de mi familia. Mis antojos y necesidades eran casi órdenes. Vaya!… le encontré el gusto al embarazo.

    Y luego nació Natalia.

    Nada prepara a una mujer para lo abrumador que es tener tres kilos de vida tan frágil en sus brazos y saber que durante muchos años su supervivencia, bienestar y felicidad dependen de ti.

    Mi vida perfectamente planeada y cronometrada explotó. Todo era incertidumbre. Cada día traía un problema distinto: enfermedades, llantos inesperados, noches sin dormir, miedo constante, nuevos problemas a medida que crecía…

    Tener un hijo es caos. Es miedo. Es angustia de hacerlo mal todo el tiempo.

    Pero en medio de ese caos, el corazón se llena de un amor distinto.

    Un amor diferente al que sientes por tus padres, tu familia o tu pareja. Un amor raro. Uno que te da una fuerza que no sabías que tenías y que te haría capaz de todo por esa personita.

    Un amor que te derrite cuando la ves bailar sin ritmo en la ceremonia escolar y que atesora el portarretratos chueco de abatelenguas que te regaló en tu cumpleaños.

    Que te hace sentir superhéroe cuando contestas sus dudas, ayudas con la tarea o curas ese moretón. Un amor más lleno de color que cualquier otro.

    Y así pasan los días, los meses, los años.

    Hoy mi hija me contó que un niño le dijo que está interesado en ella. Ya casi tiene mi tamaño. Me dijo que quiere usar maquillaje. Empieza a preocuparse por su ropa y su aspecto.

    La veo convertirse poco a poco en adolescente.

    Y aun así, ahora mismo, a las 6 a.m. de un sábado cualquiera, cuando volteo a verla dormida a mi lado… sigue pareciéndome esa bebé de 2.750 kilos y 46 centímetros que traje del hospital.

    La que se carcajeaba cuando le soplaba la panza. La que me hizo llorar de ternura la primera vez que me dijo “mamá”.

    La maternidad es agridulce.

    Te vuelve flexible ante el caos. Te reta. Te enfrenta a tus miedos. Te hace crecer…

    Y al mismo tiempo te recuerda que estás preparando a alguien que quieres a tu lado toda la vida… para que un día viva lejos de ti.

    Cada vez me necesita menos.

    Y aunque aún voy a mitad de camino, siento que cada día soy un poco menos su mundo. Somos más distintas. Y está bien.

    Aquí seguiré. Para verla crecer.

    Y mientras tanto, solo quiero asegurarme de que siempre sepa que en mis brazos tendrá calma y paz en un mundo cada vez más caótico.

    Y doy gracias a Dios por no haber escuchado a quienes me dijeron:

    “No la acostumbres a dormir contigo, luego no la vas a poder sacar de tu cama”. Porque gracias a eso, esta mañana puedo disfrutar de mirar a esa niña que está creciendo tanto… pero que siempre será mi bebé.

  • Reflexiones 2023

    Me encanta aprender. Y confío firmemente en que mientras no deje de asimilar todo lo que pasa y aprovecharlo, la vida seguirá teniendo sentido.

    Este año fue particularmente complicado para mi, pero sin duda fue un año de grandes aprendizajes y grandes momentos. Y es por eso que me gustaría compartir con ustedes que aprendí este 2023.

    Aprendí que la paz mental es una bendición poco valorada. Pero que, cuando entiendes su valor, la persigues como lo más preciado.

    Aprendí que la cosa más estúpida que puedes hacer en tu vida es permitir que otros decidan cuánto vales o cuánto mereces. Que tienes que trabajar en ti y cuidarte como quisieras que otros lo hicieran.

    Que lo que haces vale el doble de lo que dices. Confía en los hechos de las personas, no en sus palabras.

    Aprendí que no hay trabajo o responsabilidad que valga más que una sonrisa de tu hija o un abrazo de tu madre. Que el tiempo es el recurso más engañoso porque uno piensa que es infinito y, en realidad, es más limitado de lo que creemos.

    Aprendí que trabajar en ti, en pulir tus habilidades, en construir tus sueños, en hacer de ti tu mejor versión cada día, es sin duda la mejor inversión.

    Que la gente que consideras “mala” está más dolida y herida de lo que parece. Y que sus acciones no son contra ti, sino simplemente el reflejo de un corazón triste y falto de amor. Que el odio y el rencor en realidad solo envenenan a una persona: a quien los siente.

    Aprendí que la egolatría es, sin duda, un enemigo acérrimo de la felicidad. Nos lleva a la constante comparación con otros, a la envidia y a la falta de conexión genuina. Que la humildad nos acerca y nos recuerda lo verdaderamente importante.

    Que autocuestionarme es básico para crecer. Que ser víctima es una salida fácil para no hacerme responsable de mi vida y mi felicidad. Que nadie va a pelear mis batallas y que debo dejar de esperar a ese “príncipe” que me va a proteger de todo y de todos. La única que realmente puede marcar una diferencia en su vida soy yo misma.

    Aprendí que la fe mueve montañas. Y que creer firmemente en algo más allá de nuestra comprensión puede llevar a resultados sorprendentes, e incluso milagrosos. Que hay que tener fe y seguir trabajando en nuestros sueños, aunque la realidad actual parezca ser contraria a lo que queremos, tener fe es sin duda una fórmula ganadora.

    Aprendí a cuidar mi corazón, a no entregarlo a cualquiera y a que a veces el amor no lo puede todo. Y siempre es mejor cuidar de tu corazón en lugar de perseguir una ilusión.

    Y, sobre todo, aprendí que el amor, la bondad y la amabilidad hacen del mundo un lugar mejor. Que no todo el mundo es malo y que permitirte conocer a los demás es un regalo maravilloso que te haces a ti mismo.

    Doy la bienvenida al 2024 segura de que traerá nuevas lecciones y con la esperanza de haber aprendido estas tan bien, que la vida no tenga que volver a repetírmelas

    ¡Feliz 2024 a todos! Que sea un año de muchas risas, de mucho amor, de mucha abundancia y sobre todo de muchas lecciones que hagan crecer nuestra alma.

  • Haciendo las paces con Dios

    Culpar a otros por las desgracias de tu vida es de las cosas que parecen más desoladoras pero, a la vez, son las más fáciles de hacer. Cuando sientes que todos a tu alrededor son injustos o malvados contigo, es muy fácil tumbarte en una hamaca a lamentarte por tu existir. Eso hice yo mucho tiempo, muchos años. Culpé al mundo, a mis circunstancias, a mi entorno, y hasta a Dios.

    Creo en el libre albedrío, pero también creo que hay una fuerza invisible más allá de nuestro entendimiento que está ahí para mover algunos hilos del destino. Hay cosas de las que simplemente no tenemos control y, tal vez, no vale la pena preocuparse mucho por ellas.

    Siempre he sido una mujer triste, melancólica, y muchas veces, en mis peores episodios de tristeza, alcé la mirada y reclamé a Dios por mi vida. Le supliqué que me ayudara a salir de esa espiral de dolor y angustia que no podía dejar de sentir. Y él, en lugar de escucharme, parecía darme cada vez más y más circunstancias dolorosas. Mi salud empeoró, mi vida personal, mi trabajo… todo parecía venirse abajo. Me hundí cada vez más en la tristeza y en la depresión y todo parecía empeorar más que mejorar.

    Y de nuevo, levanté la mirada, harta de todo, y grité enfadada: “¡Qué quieres de mí, Dios! ¿Por qué me tienes así?”. Según yo, miraba a mi alrededor y solo veía gente feliz, mientras yo me sentía cada vez más gris y más sola. Todos me odiaban, nadie entendía mi dolor. Me sentía traicionada una y otra vez, dejé de confiar en el mundo para sumergirme más en este sentimiento de desolación.

    Leí el otro día una frase que dice “A veces, la vida tiene que sacudirte para que puedas crecer” y tal vez es cierto. Resulta que esa melancolía con la que viví desde mi adolescencia no era normal y esa sensación de que no era yo o que no encajaba en nada era parte de una neurodivergencia no diagnosticada, que solo pude descubrir cuando “toqué fondo”. Este año me tomé la terapia en serio, acepté tomar medicamentos para cuidar de mi salud mental, abrí los ojos a lo que yo no estaba haciendo por mí y por ser mejor. Este año retomé mis pasiones favoritas, abrí los ojos ante las circunstancias y particularidades de los demás, dejé de juzgar a todos sin conocerlos, aprendí a callarme y escuchar. Este año… comencé a orar.

    Fue extraño cómo sucedió. Un día de esos difíciles estaba en mi auto y, de la manera más sincera que pude, dije en voz alta: “¡Dios! Por favor, dime qué quieres de mí! Estoy cansada, me siento sola y me siento harta. ¡Por favor, dame una guía, ayúdame a entender qué hacer!”. Y entonces me dieron ganas de rezar. Esas viejas oraciones que estaban en el baúl de mis recuerdos, y que tal vez no recordaba desde el catecismo, surgieron de pronto y, por ese momento, mi mente fue capaz de estar en paz al menos un minuto. Comencé a disfrutar esos instantes en los que no había más que Dios y yo en el mundo y donde soltaba mi odio y resentimiento. Comencé a hablar con Dios y a pedirle que me ayudara, no a cambiar a los demás, no a mejorar mis circunstancias, sino a guiarme para disfrutar lo que tengo y tener la fuerza y valor suficientes para cambiar lo que sí estaba en mis manos cambiar. Si les soy sincera, aún en esa época había un poco de reclamo en mis oraciones, un “bueno, ya me hiciste sufrir demasiado, ahora ayúdame a salir de este hoyo negro”.

    No sé si me ayudó más la terapia, la medicación y la consulta psiquiátrica, la oración, el aprender a tener conciencia del momento presente, o simplemente todo esto junto. Pero definitivamente, este ha sido un año en el que me he sentido mejor en muchos sentidos. En el que me he hecho responsable de mi vida, he aprendido y trabajado más en ser la profesional, la madre y la mujer que siempre he querido ser. Aún mi viejo yo sale a veces a relucir y me da por culpar a todos de lo que no me sale bien, pero luego respiro y vuelvo a mí.

    Noto también que mi manera de orar ha cambiado. Ahora pido menos y agradezco más. No solo a Dios, sino a todos a mi alrededor. Entendí que no puedo cambiar a otros para que sean lo que yo quiero, pero sí puedo agradecerles de corazón las interacciones conmigo y aprender todo lo que pueda de ellos. Y no quiero sonar “esotérica” o “hippie”, pero no tienen idea de cómo el agradecer lo que tengo y cada pequeña circunstancia de mi vida me ha ayudado a estar más en paz y feliz conmigo.

    Hace unos días fui a la playa. Estaba dentro del mar, con las olas golpeándome, y miré a mi alrededor. De alguna manera que no puedo explicar, me sentí muy en calma. Decidí en mi mente pedir perdón a Dios por culparlo de mis desgracias, por reclamarle mis circunstancias y dolores, por no hacerme responsable de mí y por no agradecer los privilegios y bendiciones que me había dado todos estos años. Este escrito lo titulé “Haciendo las paces con Dios”, pero creo que ese día también hice las paces conmigo. Con las cosas por las que me culpé, por las veces que no me supe defender, con esa voz interior que me decía: “¡Pero qué haces! ¡No te tires al suelo, eres más grande que esto!” y a la que solía ignorar. Y creo que tuve uno de los momentos más grandes de paz que recuerdo.

    Escribí una frase en mis redes y algunos me dijeron que les recordaba al “Teniente Dan” de la película de Forrest Gump. Y creo que sí, porque al igual que él, más que las paces con Dios, hice las paces con mi pasado, con mis expectativas, con mis frustraciones y circunstancias.

    Aún no soy ni la mitad de lo que me gustaría ser. Pero me alegra saber que estoy en el camino. Ya no quiero ser la más exitosa, ni tener a mi lado un hombre que me ame muchísimo, ya no quiero ser la más bonita o la más rica. Ahora mi deseo es estar en paz y orgullosa de lo que soy. No controlo mis circunstancias, pero sé que puedo controlar mi actitud ante ellas, que no está mal pedir ayuda y, sobre todo… que Dios es bueno y sabio.

  • La privilegiada (una reflexión sobre la empatía)

    Sí, lo acepto. Yo era esa persona a la que le encantaba opinar de todo. La «Juzgona». Iba por la vida poniendo etiquetas. Hasta que un día alguien me dijo: «Es que opinas desde tu privilegio». No entendí nada. Me pareció absurda la frase; incluso, la consideré descalificadora. ¿Qué privilegio? ¿De qué habla? Yo también he trabajado duro para estar donde estoy. No soy rica ni privilegiada.

    Pero este año me he dado cuenta de que vivimos en un mundo diverso y complejo, lleno de historias y experiencias únicas. Comprendí que muchas cosas que yo consideraba «básicas» son, en realidad, un privilegio. Cada persona enfrenta su propia batalla, vive sus alegrías y retos. Es como jugar al póker con la mano que te tocó. Y sí, ganar es más fácil cuando tienes una buena mano.

    La forma más sencilla de entender el «privilegio» es: cualquier cosa a la que tú tienes acceso y no todos tienen. Si lo piensas, mucho de lo que vives es un privilegio. Y lo curioso es que esto es casi imperceptible para quien lo tiene, pero afecta nuestras oportunidades y la forma en que percibimos el mundo.

    Supongo que todos hemos escuchado la trillada frase «el pobre es pobre porque quiere». Es fácil opinar sobre la vida de los demás desde nuestra perspectiva, olvidando que cada quien tiene sus propias circunstancias. Lo que para uno puede parecer trivial, para otro puede ser un desafío monumental. Por eso, antes de juzgar o opinar sobre la situación de alguien más, es vital reconocer los privilegios que nosotros mismos disfrutamos. ¿Cómo lograr esto? La empatía es la clave.

    Ponerme en el lugar del otro, tratar de entender sus emociones, pensamientos y perspectivas, y comprender que mi experiencia de vida no es universal, me ha enseñado mucho. Ahora escucho y aprendo de los demás con una mente más abierta y receptiva. Y he aprendido a agradecer y no dar por sentado. Y eso me ha vuelto más humilde y menos mundana.

    Podrán decir que soy idealista o romántica, pero si todos pudiéramos ser conscientes de nuestros privilegios, agradecerlos y reconocer las ventajas que tenemos, podríamos avanzar hacia un mundo más inclusivo y empático. Un mundo donde entendamos que, a pesar de nuestras diferencias, estamos conectados por la experiencia humana. Somos muchos corazones latiendo al unísono, y esa… es la verdadera belleza de la humanidad.

  • Il dolche far niente

    Durante mucho tiempo fui una mujer completamente dedicada al trabajo. Trabajé hasta la madrugada, los fines de semana, trabajé el día de mi boda, el día de mi parto, le dicté mis pendientes a mi analista mientras me llevaban en ambulancia al hospital…pensaba que esto era un símbolo de responsabilidad y madurez. Que me distinguía de los demás como una excelente colaboradora.

    Critiqué y señale a aquellos que luchaban por mantener un equilibro personal, por separar su trabajo de su vida privada y respetar sus espacios de ocio y esparcimiento. Los califiqué de perezosos, irresponsables, y de verdad me molestaba trabajar con ellos.

    Estos últimos años la vida me ha enseñado de una manera no tan sencilla que solo era una excusa para no enfocarme en mi, en una realidad en la que no me sentía cómoda. Para evadir dolores y emociones que no quería enfrentar. Y que me refugiaba en mi trabajo para evitar una sensación de insuficiencia y de inmerecimiento que solo podía curar resolviendo montañas de pendientes. Me sentí a gusto con cada jefe que me presionaba hasta el límite de mis capacidades porque cuando me felicitaban, por un instante, me sentía suficiente. No comprendía que ya era suficiente, simplemente por ser yo misma.

    Tras muchas citas en hospitales y después de demasiadas lágrimas y frustraciones… hace un año decidí comenzar a trabajar en mi. Hacerme responsable realmente de mi vida y mi proceso. Y descubrí lo que ya les comenté. El trabajo no era más que un escondite, un disfraz para mis propios traumas.

    Y no saben el trabajo que me ha costado cambiar esto, el sentimiento de culpa que me provocó al principio, la falta de equilibrio por que no sabía hacerlo así que la balanza la inclinaba hacia uno u otro lado.

    Gente maravillosa que ha llegado a mi vida me ha ayudado a llegar a ese equilibrio, aunque confieso que aún no lo he alcanzado por completo. Pero ahora comienzo a disfrutar de mi tiempo libre, “il dolche far niente” como escuché en una película que dicen los italianos. La dulzura de no hacer nada, de disfrutar de ti, de tus momentos de ocio, de hacer lo que tú de verdad quieres y te complace hacer. He disfrutado leyendo solo por placer, cantando por horas acostada en mi cama, de pasar un rato pensando mi y en lo que he logrado y lo que quiero lograr. He disfrutado momentos maravillosos con mi mamá, con mi hija, con la gente que amo. He visto películas completas sin pensar en mis obligaciones y he comido sin prisa, solo saboreando el presente. He aprendido a estar en el aquí y el ahora, que no todo urge, y que nada es mas importante de lo que mi paz mental lo es.

    A veces aún siento culpa, aún a veces me siento obligada a priorizar mi trabajo sobre otras cosas. Pero saben? Este cambio de mentalidad me hace disfrutar mucho más mi trabajo y ser más eficiente. Ahora lo hago sabiendo que creo en mi y que merezco el lugar en el que estoy. Ahora lo hago con más seguridad. Se que es un proceso y que librarse de esta sombra de tantos años no es fácil. Pero me siento mejor, más segura y sobre todo… más feliz.

    La vida siempre nos da lecciones, me alegra poder aprender de ellas.

  • Lo que aprendí este año…

    El tiempo es implacable y avanza cada día, lo quieras o no, estés o no preparada para ello. Quiero hacer una confesión difícil… he llorado mis últimos 6 cumpleaños por lo menos. No esas lágrimas bonitas de nostalgia o de felicidad. Más bien lagrimas de tristeza y de frustración. Una voz interior no dejaba de reprocharme: otro año que tu vida no va en la dirección que esperas! Otro año q te sientes perdida, otro año que te sientes sola! Que pasa contigo!!!

    Y luego… pasaban las horas y trataba de animarme. De pensar en lo bueno y de seguir adelante. Aunque la verdad, en cuanto me quedaba sola las lagrimas volvían a aparecer, traicionando mi actuación perfecta, mi intento de actitud positiva.

    Llegaron mis 36, y aunque no pintaba para ser un año muy complejo… de la nada las cosas se comenzaron a poner peor que nunca en aspectos de mi vida que me han reclamado una lección que aprender una y otra vez. Mi primera reacción: culpar al mundo, a la vida, a mi mala suerte, a los otros por ser malos conmigo y hacerme daño a mi que no hacía más que quererlos.

    Pero este año también llegaron buenas personas a mi vida. Una en especial me impulsó a no dejar la terapia (como siempre lo hacía cuando la incomodidad me abrumaba, cuando las verdades se hacían evidentes y cuando las cosas se complicaban). Avancé de a poco. Un poco incrédula, un poco a la defensiva. Y las verdades empezaron a aparecer.

    Resulta que la gente no es mala y me daña. Algunos tienen cosas que sanar y encontraron en mi el recipiente perfecto para sus enfermedades mentales y para sus traumas. Otros han sido malos por que así son y yo no tengo la obligación de “curarlos”. Y me han dañado por que no he sabido poner límites y defenderme.

    En un ejercicio hice las paces conmigo. Y me di cuenta de que me tenia mucho coraje. Que estoy enojada conmigo por no haberme defendido y por no haber estado para mi cuando más me necesitaba. Me pedí disculpas y me abracé. Confronté a la Rocio asustada y triste y le prometí que me iba a ocupar de ella y a ayudarla a salir de todo eso que la mantenía siempre angustiada y entristecida. La he visitado un par de veces más y si bien aún no somos las mejores amigas si la miro con más empatía y trato de cuidarla más.

    Este año también decidí ver más por mi. Tratarme con la amabilidad que trato a otros. Ser paciente conmigo como siempre lo he sido con los demás. Me preocupé por mi aspecto, ensayé nuevos looks, aprendí a maquillarme, fui constante con mis tratamientos médicos y comencé a curarme de mis achaques (esos que llevan años persiguiéndome).

    Aprendí que la disciplina es una forma de amor propio. Aprendí a hacer compromisos conmigo, y a no fallarme. Aprendí que los compromisos que hago solo por complacer a otros no sirven. Que tienen que venir de mis ganas de ser mejor y de ser mi prioridad.

    Y no, no aprendí nada de esto por arte de magia. En realidad me ha costado bastante. Y aveces siento que no avanzo y me frustro y me enojo y me digo que esto es estupido y que me sentía mejor antes ignorando la responsabilidad que tengo conmigo y con mi propia felicidad. Y a veces regreso 3 pasos y vuelvo a avanzar 2. Pero ahí voy. Sintiendo al menos que este año no fue en vano. Que me siento mejor que antes.

    Mañana es mi cumpleaños. Y si mañana lloro que sea por que me siento orgullosa de mi y por que estoy contenta de estar viva y lista para nuevas aventuras. Que no sea por que estoy triste. Que no sea por que me siento mal.

    Gracias Ro por este año lleno de enseñanzas. Créeme, lo estás haciendo bien. Te abrazo con todo el amor que no supe darte antes. Felicidades! (Quise ser yo la primera en felicitarme)

  • Del amor verdadero y otras mentiras…

    Crecí viendo películas donde el príncipe miraba a la princesa y ambos podían, a primera vista, saber que eran el uno para el otro. De adolescente, mi mente y mi corazón solitario se consolaban viendo telenovelas. Si a la chica que no tenía nada de pronto le llegaba el amor de un hombre guapo y maravilloso, por que a mi no?. Esas protagonistas eran en su mayoría mujeres buenas, Dulces, abnegadas y hasta diría que un poco tontas. Pero era su inocencia y su sumisión lo que encantaba a esos guapos hombres con los que se quedaban.

    Así pasaron los años y yo crecí creyéndome el cuento. Un día llegaría el amor de mi vida. Cuando lo viera lo iba a sentir en el corazón. Nada nos separaría. Por que lo único que podría separarnos seguro estaba fuera de nosotros, si nos habíamos enamorado solo de vernos entonces nunca pelearíamos, y lucharíamos juntos contra cualquiera que nos quisiera separar.

    Y así fui confundiendo al “amor de mi vida” con cada relación que tuve. Jurando que era mi amor verdadero, soportando muchas cosas que no me gustaban por que, como las protagonistas de esas novelas que veía de niña, entendía que si de verdad era mi amor real, yo tenía que soportarlo todo por él y amarlo por sobre todas las cosas. Al final claro, todos terminaron yéndose. Y yo pensaba: seguro lo confundí, él no era mi amor verdadero. Pero ya llegará, lo se. Está en algún lado buscándome así como yo lo busco a él.

    La terapia me ha hecho llegar a una gran revelación: el “amor verdadero” (al menos ese que imaginaba en mis ensoñaciones adolescentes) no existe. No es esa figura romántica que estaba unida a ti por el destino. No es eso que “tenía que pasar” y que cuando te lo encuentras ya nada está mal.

    El amor verdadero se construye. Se construye para empezar, desde el interior. Por que solo cuando comienzas a trabajar en ti, solo cuando te sientes en paz contigo, cuando te amas y te cuidas, y cuando conoces lo que quieres y lo que no quieres en tu relación con los otros, estás en posibilidad de tener una relación sana con otra persona.

    El amor verdadero se construye después con el otro. Con otra persona con plena conciencia de que están recorriendo juntos un camino pero no se pertenecen. Se construye con conversaciones que no siempre son cómodas, donde expresamos nuestras expectativas y lo que no nos gusta del otro. Se construye con la expresión de nuestros deseos y nuestros límites, con negociaciones, con compromiso real de estar con el otro y de ser claros en qué puedo darle al otro y qué no. Se construye escuchando a tu pareja y entendiéndolo, hablando claro y proponiendo alternativas. Se construye con pactos y con acuerdos.

    Se construye con responsabilidad afectiva. Con entender que aunque no es mi obligación hacer feliz al otro, si es mi deber saber que mis actos causan emociones en las personas con las que me relaciono. Con asumir las consecuencias de mis actos cuando me gana el impulso, se construye con ensayos y errores. Con saber pedir perdón y con ser respetuoso con las necesidades de los demás.

    Se construye con confianza en el otro. Con lealtad. Con la conciencia de que no todo lo que le diga a mi pareja le va a encantar, pero entendiendo que la sinceridad y la honestidad siempre serán lo mejor para la relación.

    Se construye con tiempo y con dedicación. Se construye con paciencia y entendimiento. Se construye con romanticismo y cuidado. Se construye con los días de conocerse. Con agradecerse todos los días el estar juntos. Se construye con la certeza de que estás haciendo un equipo en buenas y malas rachas y con la tranquilidad de que no vas a soltar en ninguna de las dos circunstancias.

    También entiendes al paso del tiempo que el amor verdadero tampoco es para siempre. A veces toca decir adiós y el amor verdadero también te impulsa a no hacer más daño del necesario. A no ser egoísta con el otro. A irte cuando ya no sientes esas ganas de estar y a no quedarte por comodidad, por pena, por lástima, por miedo al qué dirán o por conformismo.

    Y aunque he trabajado mucho esto, también se que la química y el enamoramiento juegan un papel importante. Solo que sé que cuando me vuelva a enamorar no permitiré que sentirme atraída por alguien nuble mi cabeza. Por que antes de amar a otro entiendo que el verdadero amor de mi vida soy yo. Y no me permitiré relacionarme con alguien que no comparta esto conmigo, y que no tenga el mismo pensamiento y las mismas ganas de construir un amor sólido, comprometido y responsable que tengo yo. Por que sé que no dejaré de hacer todo para que funcione pero tampoco voy a remar sola ese bote. Hoy ya no quiero un príncipe que me rescate. Quiero un compañero de equipo (y de vida) que esté dispuesto a trabajar para construir juntos ese “amor verdadero”.

  • Apología de la terapia

    En el pasado nunca creí en la terapia (y eso que soy psicóloga). La terapia para mi tuvo un sabor amargo por que en realidad solo aprendí a encajar en un mundo que no comprendía mi manera de verlo, de moverme en el. Hace 15 años la terapia me enseñó a ser invisible. Hoy… gracias a ella poco a poco vuelvo a ser yo.

    Vengo de una generación donde a terapia solo iban los “locos”, los deprimidos, los que tenían serios problemas con sus emociones. “Ve a terapia!” Te gritaban en medio de una discusión como si fuera un insulto. Estudié psicología y aprendí a odiar la terapia desde los dos niveles. Odiaba tomarla y odiaba aprender a darla.

    Me alejé de la psicología tanto como pude y me dediqué al mundo godín (mi sueño de vida en realidad). No quise saber más de terapia ni de terapeutas. Enterré todo eso muy profundo junto con todos los dolores de mi vida, con mis traumas, con mis lágrimas no lloradas, con mis rencores y desconfianzas, con mis miedos y mi poca valía.

    Pero todo eso se fue acumulando. Dolía cada vez más y peor aún, comenzó a afectar otras áreas de mi vida. Haciendo patrones que repetía de manera sistemáticamente en cualquier tipo de relación, y saboteándome siempre que podía. Y según yo lo intenté de todo: coaching, yoga, meditación, religiones diversas, sanación con ángeles, reiki, todo con tal de sentirme mejor. Todo menos terapia. Y pasaban los años y más me hundía en pensamientos destructivos, en manías, en ansiedades, en cosas que llegaron a dañar mi Salud no solo mental y emocional, sino física.

    El año pasado dije: no mas! Necesito comprometerme conmigo y con este proceso. Mucha gente cree que vamos a terapia por que somos muy débiles para enfrentarnos con nuestros problemas. Error. La terapia no es para débiles. Exige un compromiso contigo, primero de darte una hora a la semana para ti, para crecer, para desnudar tu alma y tus dolores, para hablar de eso que no has querido hablar, de eso que te molesta, que sabes que ahí está pero que prefieres ignorar. Implica decir en voz alta a qué le temes, qué aborreces, qué te avergüenza, qué te duele. Mirar ese “monstruo” que siempre quieres ocultar al mundo (y a ti mismo) y desmenuzarlo, escucharlo, entenderlo, hasta que se haga lo suficientemente manejable como para que puedas o desaparecerlo o vivir con el sin que te “active” o te duela.

    La terapia es para valientes por que en ese proceso a veces te quieres ir. No es tan grato como parece el enfrentarse a uno mismo. Nadie te conoce como tú y si te tomas en serio esto sabrás que puedes mentirle a todos, pero una parte de ti sabe tu verdad y no la puedes engañar. La terapia es incómoda, a veces duele, a veces enoja. Pero al mismo tiempo da una sensación de tranquilidad saber que quien está ahí, acompañándote, no te va a soltar. Te va a dar guía y contención para que avances en la niebla, un paso a la vez.

    Mi terapeuta no me dice que pensar o que hacer. Más bien me ayuda a entender mi realidad pasada y presente, me alienta a tomar nuevas formas de pensamiento menos nocivas, abre mi mente a nuevas maneras de enfrentarme al mundo y de verlo como un lugar menos hostil. Me ayuda a recuperar la fe en mi (una Fe que no sabía que había perdido) y en consecuencia me ayuda a ser mejor como madre, como hija, como amiga pero sobre todo, me ayuda a estar en paz conmigo.

    Escribo esto solo por si a alguien le sirve, por si alguien ha pensando en algún día que tal vez seria buena idea tomar terapia y no se anima por que le da miedo, pena, o cree que no vale la pena. Solo quiero decirte a ti que tienes esa duda, que la terapia salvó mi corazón. Y que sé que hará grandes cosas por ti.

    Tal vez mi terapeuta nunca lea esto pero seguro cuando podamos tener un proceso más fluido podré decirle cuan agradecida estoy de cómo está ayudándome a juntar mis partes rotas y enseñándome a cuidarme. Y sabrá cuán agradecida estoy de que me acompañe en este viaje. ❤️‍🩹

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar