A todas las que se han ido
Hace unas horas, recibí un e-mail que me avisaba de que Mar García Puig había empezado a seguir esta newsletter. Me sorprendió, como siempre me sorprende que un día cualquiera, en este caso, hoy, y tras un año sin publicar aquí, una persona (alguien a quien admiro tanto) llegase a mí de manera fortuita. A esta parte de mí. Hace unas horas, también, pensé sobre la película que acababa de ver: Mi amiga Eva. Y supe que escribiría sobre ella. La última peli de Cesc Gay, una feel good movie con un happy ending elegante (no recurro al inglés de manera gratuita, esta lengua tiene la capacidad de condensar la emoción a través de una serie de significantes vacíos) que me hizo reír, me provocó ternura y me dio esperanzas (me disculpo por el uso de esta palabra, pero me niego a que este significante vacío caiga en manos del judeocristianismo).
La protagonista, interpretada por Nora Navas, una mujer que lleva camisas blandurrias con cuellos diminutos todavía más blandurrios, ha sido capaz de poner un despertador, de hacer la maleta, de coger un avión a Roma (eso, solo el día que nos la presentan) y, de una manera más amplia, ha conservado un trabajo en una editorial y ha tenido dos hijes después de casarse con Juan Diego Botto. Todo ello sin haber superado el miedo atroz que supone salir al mundo exterior, después de que el cascarón empiece a resquebrajarse nada más dejar el útero. Primero, las manos de la madre; después, las manos del capitalismo heteropatriarcal. Mi lectura, la de una ser humana que lo ha hecho todo a medias, trastabillada, demente, cínica, es que la mayoría de las personas han alcanzado una cierta funcionalidad en su edad adulta. Y, como tal, firman papeles, compran sillones gigantes, aceptan ofertas, escogen el papel pintado que mejor quedará en el salón. Y aunque una lectura inmediata de sus actos vincularía su coraje con una valentía emocional a prueba de bombas, lo increíble de todo esto de la adultez funcional es que, también ellos, cuando se trata de lidiar con otra serie de asuntos, quizá más emocionales, quizá también más adolescentes, han dejado el examen en blanco, no se han presentado en septiembre.
En la película de Cesc Gay descubrimos a una mujer que tiene la madurez suficiente para llevar camisas de colores ocre o verde botella, temblorosas, chuchurrías, y que sin embargo se muere de miedo cuando se trata de mirar de frente a sus deseos. Por eso, cuando en el viaje de trabajo a Roma se encuentra con un hombre amable y disponible, inmediatamente, despliega casi de una manera mecánica un cortafuegos a través de su cuerpo y de sus estilismos (porque ese cortafuegos lleva años operando) que frena el avance de esa diversión que se acerca al ritmo perfecto, ni muy rápido ni demasiado parsimonioso, como ese perfect timing (alguien ha debido de medirlo) de un restaurante en el que te sirven justo en el momento preciso.
Y, sin haberlo esperado, ¡chao! Nuestra protagonista cambia las camisas chuchurrías por jerséis de cuello alto y le dice adiós a Juan Diego Botto, que es muy guapo, pero también muy pesado y muy machista, una combinación que le seca el coño a cualquiera. Como dirían los anglosajones: It was meant to be. Y entonces, Eva paga el precio de su osadía, de la osadía de la separación (porque el precio cuando eres mujer aún se paga) y atraviesa una deriva dramática que no detallaré para no arruinaros la película, pero también porque, muy a nuestro pesar, es de sobra conocida por todas.
Mientras disfrutaba de Mi amiga Eva, pensé en otra película que había visto poco antes, Tres amigas, de Emmanuel Mouret, a la que Cesc Gay le hace un guiño porque la referencia es innegable. La premisa coincide: una mujer de mediana edad se inventa un amante para dejar a su marido (al de Mouret lo interpreta Vincent Macaigne y resulta más difícil de abandonar que Botto). Las dos propuestas ignoran las circunstancias socioeconómicas de una mujer de clase media (vale, eso no existe, de clase media cultural… 🤣 oh, wellll) y ambas protagonistas consiguen con rapidez nuevos pisos, acogedores, afrancesados, a los que llevar su casa a cuestas. Tampoco ahondan en el drama de las apps de citas y de cualquier acercamiento a la comunidad de los hombres cis hetero. Un acercamiento que siempre acaba en drama y en una ristra de mensajes de texto y audio a tus amigas de madrugada entre hipos y emojis de 🚩 🚩 🚩
Pero a lo mejor ese no era el tema de estas dos películas. Quizá el tema (el que han comprendido estos dos directores) es que nosotras nos estamos yendo, diciendo adiós y a edades ya no tan tempranas. A pesar de la precariedad y de la incomodidad y de la soledad y de las estrías y de los lloros.
Sabíamos que el heteropesimismo era un hecho, lo que ahora hemos vuelto a constatar es que la valentía de las mujeres, más allá de las camisetas con consignas o las pancartas con eslóganes, resulta innegable. A pesar de tenerlo todo en contra. Y por eso mi admiración siempre será infinita 🌹
Pero anoche cuando me acosté
Estando a tu lado, estaba tan bien que volví a querer vivir contigo
A que me busques del trabajo los domingos
A las escenas de sofá y a los recibos
A imaginarte empujando del carrito
Y no tiene ningún sentido
Que se me olvide que tú no quieres lo mismo








