Me azota una obsesión: documento mis días. A veces porque los escribo en el cuaderno, a veces porque hago fotos a ventanas, a pantallas de cine, a asientos de teatro, a tacos poco fotogénicos. Hago vídeos de personas que quiero diciendo cualquier cosa, quiero registrar su voz, su mirada, su gesto. Voy al detalle granular: miro pasmada a los champiñones cortados cómo se cocinan en el aceite que vertí en la sartén. Me encanta el olor a champiñón, es un olor increíble. Me animo a cambiar de escenario de trabajo el lunes y me voy a una biblioteca. Hacía demasiado que no pisaba una biblioteca para quedarme y llegué y me metí entre estudiantes con trabajos y libretas y auriculares distintos (se puede saber de nosotros por nuestros auriculares). A mi lado hay una chica italiana, ¿estará en su año de Erasmus? ¿Eso pensaría de mí alguien de 30 años cuando yo tenía 20 y merodeaba mucho más la biblioteca de la universidad? Obviamente la chica ni me mira, cuando uno tiene 20 años está muy ocupado con lo que le está sucediendo. Yo ahora miro más afuera, como si quisiese empaparme de eso otro. Sea lo que sea.
Estoy obsesionada con esta documentación, he llegado a hacerle fotos al bowl del Tierra Burrito Bar al que vamos los miércoles a comer cuando vienen a trabajar a casa mis amigos. Algún día recordaré esta tradición que hoy empieza. El sábado fui a ver una obra y anoté algo: «nuestro cuerpo está siempre en el presente». Por eso lo quiero filmar, porque luego seré todo recuerdos, ya no seré. Salí llorando por semejante certeza, qué miedo eso de no ser. Tengo que recurrir a algo mayor para consolarme, voy a mi preciosa estantería, estantería que desgasto de tanto mirar, ¿cómo estoy viviendo en semejante lugar?, y saco un libro de Julian Barnes diciéndome, con vehemencia, no sé si me lo dice él o me lo digo yo, pero abro la página justa: «el hecho de que alguien haya muerto puede significar que no está vivo, pero no significa que no exista».
Respiro aliviada. Salgo al Retiro a caminar, resulta que viví cuatros años al lado del Retiro y nunca vi florecer a los cerezos y a los almendros. Es bellísimo, hay gente leyendo, son más de las seis de la tarde y todavía hay luz. Ahí todavía no sé que volveré a llorar porque iré al cine a ver Hamnet.
Qué semana de lágrimas, ojalá siempre sean por ficción que pincha dónde duele, o que pincha y por eso duele.
Durante un tiempo pensé que no y estuve equivocada: me encantan mis rutinas, mis semanas normales. Ru-ti-na. Me encanta vivirlas con los ojos abiertísimos, a ver que me deparan, me encanta cerrarlos y que a veces no ocurra nada. Atiborrarme a conversaciones, desayunar repetidamente lo mismo, asomarme por la ventana, plantarme en el balcón y ver lo mismo. Saber que hay un rayo de sol que da justo en un jarrón a una hora determinada del día y crea unas formas que me gustan. Ru-ti-na. Tan denostada, tan poco sexy, tan poco aventurera. Ru-ti-na.
Mi vida ante mí, silenciosa, todos los días pasando. Con la misma certeza de siempre: no es como la vea, es como la miro, o mejor todavía, como deseo mirarla.
Cosas bonitas de esta semana:
Comí champiñones y huevo que es una combinación que me encanta.
Vi Hamnet y lloré y luego comimos tacos en Taquería mi ciudad.
Vi ‘La última noche con mi hermano’ en el teatro y lloré tanto que me ahogaba y luego fuimos a un bar y seguíamos llorando mientras bebíamos cerveza y comíamos tortilla de patata.
El domingo de vagancia absoluta y comer un platazo de pasta en el Barbieri.
Pasar el sábado al mediodía paseando al sol y comiendo y hablando.
Fui a la biblioteca más bella de Madrid el lunes: Escuelas Pías De San Fernando.
Escribí un montón.
Montar un evento y ver cómo sucedía: sustrato en la Sala Equis viendo Sirat y haciendo debate.
Ver el Retiro en primavera.



